C I R E S

CENTRO DE INVESTIGACION DE RESILIENCIA Y ESPIRITUALIDAD

Hojas de Higuera: reflexiones sobre Resiliencia y Espiritualidad

 

Breves artículos que desde la experiencia y la documentada reflexión, abordan contextualmente temáticas relacionadas de modo directo o indirecto con la Resiliencia y la Espiritualidad.

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H o j a s   d e   H i g u e r a

 

 

 

 

 

Hojas de Higuera 05 - 08/2012

 

 

ARQUITECTURA PARA LA RESILIENCIA:

Una iglesia sin puertas ni ventanas[1]

 

 

En una de mis caminatas por estas tierras fui invitado a participar de un Forum Popular de Teología en la ciudad de Olinda, Pernambuco – Brasil, en noviembre de 2006. Varias entidades apoyaban esta iniciativa de la Iglesia Baptista de Bultrins, que tuvo por tema “Iglesia, Comunidad y Violencia”. El asunto era muy pertinente para una iglesia plantada en medio a una región de mucha pobreza y consecuentemente de enormes conflictos sociales.

Llegando al local noté que no era una actividad meramente preparada por la iglesia para la iglesia. Era un evento que involucraba toda la comunidad circundante. Estaban allí representadas varias entidades civiles y movimientos populares. Una “quermese” (fiesta típica popular Brasilera) se extendía por la calle, en frente al templo, como un tapice rojo de bienvenida a los participantes que venían de todo Recife y de varios estados del país.

Fui caminando en medio de aquel Pueblo sonriente y afectuoso buscando alcanzar el local de las reuniones cuando me confronte cara cara con en templo: un edificio simple, rústico, inacabado, sin puertas ni ventanas. Exactamente: no había puertas ni ventanas, apenas vanos abiertos, orificios vacíos, como la sonrisa sin dientes de muchos de aquellos transeúntes. Pensé para mí: ¿cómo es esto posible? Una iglesia abierta 24 horas, que no cierra sus puertas porque no tiene puertas para cerrar, que no tranca sus ventanas porque no tiene ventanas. Una iglesia sin candados ni llaves, sin candados. Quise saber un poco más sobre aquello.

Paulo César era un joven que en la década del 90 soñó, juntamente con algunos compañeros y hermanos en la fe, en llevar la buena noticia de Cristo al Pueblo humilde y sufrido de Vila Esperança, periferia de Olinda. Recién iniciadas las reuniones, comenzaron a observarse grandes necesidades. El Pueblo necesitaba de todo. Muchos estaban hambrientos, otros tantos enfermos, otros viviendo pesados dilemas y dramas psicológicos. Era necesario hacer algo más de que estudios bíblicos y predicaciones. A pesar de las limitaciones, Pablo y sus compañeros siguieron los pasos de Jesús y se involucraran, movidos por amor, con los moradores de Vila Esperança.

Con los años una Iglesia se formó allí. Adquirieron un terreno con apoyo de la población local y comenzaron a construir el templo. Realizaron los cimientos, levantaron las paredes y pusieron la cubierta de tejas. Faltaban apenas las puertas y ventanas. Empezaron a reunirse allí mismo con la construcción no concluida. Fue cuando pasó algo que cambió radicalmente los rumbos de esa Iglesia en Bultrins. Incomodados con el desafiante mensaje de Jesús, seis personas se presentaron al grupo de liderazgo como candidatos al ministerio –querían estudiar teología. Sin embargo, la iglesia no disponía de recursos para ese envío. Fue entonces que tuvieron que tomar la difícil decisión: o enviar a los seis para el seminario o colocar las puertas y ventanas en el edificio. La Asamblea optó por lo más sensato, aunque no fuese entendido por la mayoría de nosotros como lo más lógico: enviaron a las personas a estudiar teología. Con esta actitud, sin notarlo, estaban delineando, esculpiendo la visión ministerial de aquella iglesia. Al privilegiar a las personas en lugar de las cosas definieron una cultura que caracterizaba a esa comunidad.

Los años pasaron y las puertas y ventanas nunca fueron colocadas. Un nuevo concepto de iglesia, y no solamente de templo, fue definido allí. Terminaron las instalaciones de agua y electricidad, compraron sillas, instrumentos musicales, pero nada de puertas y ventanas. Una relación diferente fue establecida entre la iglesia y los moradores de la región. Con las puertas abiertas 24 horas, personas que vivían en la calle pasaron a dormir en el templo. Familias sin casa ahora tenían un techo para abrigarse del frío y de las lluvias. Empezaron a servir sopa a los más necesitados las noches de los lunes. Los limpiadores de la calle que cuidaban la limpieza de la región ahora tenían una buena sombra para el almuerzo y una rápida siesta. Y así la comunidad al rededor se abrió a la iglesia, porque la iglesia se abrió, o mejor, no se cerró para la comunidad.

Tuve el privilegio de subir el cerro de Vila Esperança con el Pastor Paulo César, de serpentear por entre aquellos caminos estrechos que mostraban tanta miseria, pobreza y violencia. Por donde pasábamos el Pueblo lo saludaba con sonrisas y abrazos. Los niños corrían en su dirección cuando lo veían y gritaban cariñosamente “Hermano Paulo, Hermano Paulo!” Dicen que en un determinado período muy agitado y violento en aquel lugar, el único que tenía carta blanca para entrar y salir a cualquier hora del día y de la noche de Vila Esperança era el Hermano Pablo. Todo por cuenta de una iglesia que decidió no tener puertas ni ventanas. Que optó por no cerrarse en sí misma, sino que se abrió para aquellos y aquellas que estaban alrededor.

No intento ser simplista, mucho menos romántico. Aquella Iglesia paga un precio por esa actitud, y no es barato. Cada cierto tiempo necesita resolver conflictos internos y externos por no tener puertas ni ventanas. Sin embargo, su actitud marcó y sigue transformando la vida de toda una comunidad que ahora comprende verdaderamente las palabras de Jesús: El que viene a mi, de ninguna manera lo echo afuera (Juan 6:37)

 

Carlinhos Veiga

Brazilia




 

[1] Traducción del portugués por Flavia Romera.

 

 

 

 

 

 

 

Hojas de Higuera 04 - 03/2011


 

 

POÉTICA DE LA RESILIENCIA

El poético afrontamiento de lo adverso

 

Un hombre es un hombre

en cualquier parte del universo

si todavía respira.

 

No importa que le hayan

quitado las piernas

para que no camine.

 

No importa que le hayan

quitado los brazos

para que no trabaje.

 

No importa que le hayan

quitado el corazón

para que no cante.

 

Nada de eso importa,

por cuanto,

un hombre es un hombre

en cualquier parte del universo

si todavía respira

y si todavía respira

debe inventar unas piernas,

unos brazos, un corazón

para luchar por el mundo.


José María Memet[i]

 

Poética resiliente

 

Es interesante que la Poética de Aristóteles aborde de modo exclusivo el análisis estético de la Tragedia como obra artística particular[ii]. Aquí no me referiré a temas literarios, simplemente quiero mencionar que efectivamente el afrontamiento de las tragedias tiene su dinámica y estructura, su ritmo y recursos propios. Existe una poética, una modalidad creativa particular, para lograr componer o re-componer del desastre la belleza, de la tragedia el cambio, del sufrimiento la esperanza. La resiliencia es un arte poético, un estilo de composición de la vida que privilegia las notas mayores, los tonos luminosos, las palabras vitales. Todos los que afrontan con resiliencia la adversidad son poetas creacionistas, tal como los describe en su quehacer Vicente Huidobro:

 

Que el verso sea como una llave
Que abra mil puertas (…)

Inventa mundos nuevos y cuida tu palabra;
El adjetivo, cuando no da vida, mata (…)

Por qué cantáis la rosa, ¡oh Poetas!
Hacedla florecer en el poema;

Sólo para nosotros
Viven todas las cosas bajo el Sol.

El poeta es un pequeño Dios.

 

Mas allá de la soberbia que muchos le han atribuido a estas últimas palabras de Huidobro, el que se enfrenta a la tragedia debe ser efectivamente un pequeño-creador, un artista o artesano de la vida (imitador del Creador y Artesano fundante del ser), que hace florecer la rosa en su relato de esperanza y no la deja muerta en el pasado, sino que se proyecta con sentido, abriendo mil puertas junto a otros.

 

 

Poiesis y resiliencia

 

El término griego poisesis, tal como lo han ocupado Maturana y Valera al referirse al carácter central de los organismos vivos (auto-poiesis)[iii], es un concepto muy bello que podría traducirse literalmente como “poema”, pero se refiere a cualquier creación artística hecha a mano, es decir, toda obra de un artesano[iv].

 

La resiliencia, tal como lo indica el poema citado al inicio de este texto, corresponde a un proceso de restauración, un acto artístico de re-creación del propio ser, del propio sentido, de los vínculos y  afectos, de aquella narración dócil y central que es nuestro Sí mismo (self). Pues, mientras permanezca nuestra respiración (metáfora de pneuma o espíritu[v]) habrá aún esperanzas.  

 

 

Poesía, poemas y resiliencia

 

Dice Heidegger, refiriéndose al acto de escribir poesía:

"El escribir poesía no es primariamente una causa de alegría para el poeta, más bien, el escribir poesía es alegría, es serenificación, porque es en el escribir, que consiste el principal retorno a casa... Escribir poesía significa existir en esa alegría, que conserva en palabras el misterio de la proximidad del Alegrísimo. Lo sereno conserva y tiene todo en tranquilidad y en totalidad... Es lo santo. Para el poeta, lo "Altísimo" y lo “Santo" son uno y lo mismo: lo Sereno. Como origen de todo lo que es alegre es lo Alegrísimo. Aquí es donde ocurre la pura serenificación". [vi]

En esta línea, el poeta no logra entender la pregunta ¿Para qué sirve la poesía? Pues el poeta no “utiliza” la poesía, sino que esta fluye como un caudal natural y vital. La poesía así entendida ha acompañado al ser humano desde siempre, como su expresión natural ante el encantador y desconcertante mundo del que forma parte.

La poesía ha estado ligada al sufrimiento humano desde siempre, ha acompañado a los hombres y mujeres en sus adversidades y miserias, cumpliendo un rol, por lo general, muy poco comprendido y valorado. Sin embargo, es el poema, entendido como expresión artística en general (haciendo alusión a su etimología mencionada) un elemento central en la recuperación del trauma.

Paul Ricoeur, citando en una entrevista a Hannah Arendt, dice: “Todos los dolores pueden ser llevaderos si los colocas dentro de una historia (o un poema) o cuentas una historia acerca de ellos”[vii], para luego añadir: “la vida en sí misma está en búsqueda de narrativa (y poética), porque procura descubrir un patrón que le permita lidiar con la experiencia de caos y confusión”, lo cual resulta sumamente cierto en lo que respecta al afrontamiento resiliente de todo tipo de adversidad.


 

Luis Cruz Villalobos

Santiago de Chile



[i] “La misión de hombre que respira”, en: Arteche, M.; Massone, J.A. y Scarpa, R.E. (1988). Poesía Chilena Contemporánea. Santiago de Chile: Andrés Bello. p. 315.

[ii] Cf.  Aristóteles (2003). Poética. Trad. E. Schlesinger. Buenos Aires: Losada. Se dice que otras partes de esta obra se perdieron, quedando solamente este tratado sobre la estética de la tragedia.

[iii] Cf. Maturana, H y Varela, F. (1972). De Máquinas y Seres Vivos. Santiago de Chile: Universitaria; Maturana, H. y Varela, F. (2003). El Árbol del Conocimiento. Bueno Aires: Lumen.

[iv] Cf. Ávila, M. (2008). Carta a los Efesios: comentario para exégesis y traducción. Miami: Sociedades Bíblicas Unidas.

[v] En griego y hebreo, respiración, aliento, viento y espíritu son el mismo término: pneuma y ruaj, respectivamente.

[vi] Heidegger, M. (2000).  Existencia y Ser. Madrid: Tecnos.

[vii] Mena, P. (Comp.) (2006). Fenomenología por decir: homenaje a Paul Ricouer. Santiago de Chile: Universidad Alberto Hurtado. pp. 29, 31 (paréntesis añadido).

 

 

 

 

 

 

 

 

 Hojas de Higuera 03-09/2010


 

RESILIENCIA BAJO TIERRA

Mirada a los 33 mineros   

 

 

“Damos gracias…”[1].

 

 

Decía Anthony de Mello: “No se puede ser infeliz y agradecido al mismo tiempo”, ya no recuerdo en cuál de sus libros, pues he integrado esta aseveración como una certeza personal y cotidiana, que suelo compartir.

 

Ha sido duro este tiempo para Chile. No necesito detallar.

 

Pero nos hemos emocionado, algunos hasta las lágrimas, al ver el testimonio de 33 hombres, que son claros ejemplos de gratitud saludable, de felicidad inconcebible, de resiliencia.

 

En este breve texto, motivado por varios/as amigos/as de nuestra red de investigación de resiliencia y espiritualidad, quiero simplemente detenerme en algunos de los recursos fundamentales con los que cuentan los mineros bajo 700 metros de desierto, y que animan a todo un pueblo tenaz y perseverante a seguir creciendo en estas virtudes nutritivas.

 

Demos algunas miradas a la resiliencia bajo tierra.

 

Gratitud

Como ya lo mencioné al inicio, la gratitud es fundamental para el bienestar psicológico, y la observamos masivamente en las palabras de los 33 mineros. “Gracias a Dios… gracias a nuestros familiares… gracias a todos los que nos están apoyando…”. Es sencillo, el que agradece, el que instala la gratitud como un recurso fundante en su vida, el que se dispone a mirar la grandeza dentro del desastre, la luz en medio de las tinieblas, el amor al centro de la destrucción, la bondad detrás de la miseria… aquellos que son agradecidos, verbalizando el bien, integrándolo como elemento aglutinador de la narración vital, aquellos y aquellas, se sabrán felices casi ineludiblemente y podrán enfrentar con un poder dinámico y superior lo adverso.

 

Humor

El “Condorito” que todos los chilenos llevamos dentro es redentor, nos rescata de la autocompasión, de sentirnos víctimas intrínsecas y no circunstanciales, nos rescata de las rotulaciones nefastas de endógena cronicidad, de sentirnos un vertedero municipal como personas y nos catapulta a reírnos de nosotros mismos, de nuestra fragilidad y pequeñez tan obvias (que sólo los soberbios en su delirio necio olvidan). El humor nos permite cambiarle en nombre al film, a la novela, al cuento que dirigimos y que le llamamos “nuestra vida”, ya no tragedia, sino drama, realidad salpicada de pesares, de luchas, penas, pero también de sonrisas saludables y compartidas, como el pan, que sabe mejor entre amigos.

 

Esperanza

Imagínate, tú bajo 700 metros de tierra, en oscuridad, ya por varias semanas insoportables… y de pronto, a lo lejos, muy lejos, muy arriba, un sonido leve, un martilleo, un sonido de motores… una esperanza.

Así es, así surge y se alimenta la esperanza hasta hacerse cada vez más sólida, firme, de acero inoxidable, pero como espada de samurai, muy flexible, resiliente, ya que la primera vez puede fallar y la segunda también, y la tercera no siempre es la vencida. Pero viene, se acerca el encuentro y, por fin, el contacto con los de afuera, el contacto que anunciaba la esperanza y que se torna realidad ya no esperada sino vivida. Y cuando la esperanza se cumple, allí mismo, en ese mismo tiempo y espacio, nace otra nueva esperanza, se gesta como pequeño brote, pues ya no se aguarda el contacto, ahora es el tiempo para la esperanza del rescate.

Esperanza es una forma de decir sentido, es una manera distinta de decir “hay algo por qué luchar”, o más aún, “hay en todo esto, un para qué”, misterioso, impreciso, pero lo hay.

 

Vínculo

“Queremos saber si alcanzaron a salir nuestros compañeros que iban hacia fuera cuando se produjo el derrumbe”.  Así, como prioridad, como inquietud primera, como necesaria información vital… los demás, los otros, cómo están, no preguntes tanto por mí, yo estoy bien, quiero saber como están los otros.

Ay, qué increíble, desde las profundidades de la tierra se nos clava en la conciencia un mensaje fáctico de amor, de victoria sobre el egoísmo. Una frase tan simple, tan breve, ataca como una estocada justo el corazón del sistema en el que vivimos, sistema macabro donde se aman a los objetos y utiliza a las personas; sistema donde prima el interés personal, el beneficio propio, a costa del de los demás, del de la mayoría incluso.

Por otro lado, ha quedado en evidencia, el poder sostenedor que tiene el afecto, para soportar lo terrible. Los vínculos significativos que habían o que se comienzan a gestar y robustecer, se nos presentan como recurso resiliente esencial.

 

Fe

El vínculo significativo con lo Trascendente, el sentido encontrado en lo que se intuye como Absoluto, también ha quedado claramente ilustrado en nuestro 33 mineros, como recurso resiliente central, como convicción integradora, como verdad experiencialmente irrefutable. ¿Y si Dios es real? Me pregunto como agnóstico, que no soy. ¿Y si fuese cierto y efectivamente Él está aquí, con nosotros, no como Dios lejano de un Olimpo luminoso, sino como Dios de la cruz, pero principalmente de la tumba vacía, de la tumba derrotada que se torna escenario de resurrección?

 

 

Tanto podemos decir sobre estos hombres y su ejemplo resiliente, tanto. Pero sólo añadiré una palabra más, desde lo más hondo, pero una palabra para ellos, para los 33: ¡Gracias!

 

 

 Luis Cruz Villalobos

Santiago de Chile

 

 


[1] Frase muchas veces repetida por los mineros atrapados, registrada en el primer video.  On-line: http://www.youtube.com/watch?v=UZWirvx30Vg

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hojas de Higuera 02-03/2010

 

 

TERREMOTO, TURBAS Y RESILIENCIA

En torno a la identidad cultural y el modelo económico

 

 

“Perdí todo, todo lo material,

pero gracias a Dios estoy viva,

y tengo estas manos buenas

para trabajar”[1].

 

 

El terremoto ha sido inmenso, devastador y multiforme. Quiero aprovechar esta durísima experiencia (que viví cercano al epicentro), para reflexionar en torno a la resiliencia y otros temas que pueden parecer no muy ligados, sin embargo, como bien lo decía en viejo Hegel: “La verdad es todo”, y todo de alguna forma está conectado.

 

 

Terremoto y Maremoto

 

Definitivamente los terremotos y maremotos son eventos traumáticos para las personas, en especial estos últimos de Chile, que fueron tan intensos y extensos. Desde la sensación de no poder estar en pie, de sentir que se camina sobre una masa informe que se mueve en todas direcciones interminablemente, hasta las experiencias de dolorosas pérdidas de familiares o vecinos por los derrumbes o la marejada imparable.

 

Como uno de los países más sísmicos del mundo, Chile tiene experiencia en cuanto a estos desastres naturales, y tal como lo dijo, entre lágrimas, la pobladora citada al inicio, nuestra gente ha sabido sobreponerse a innumerables desventuras de estos tipos, ha sido resiliente ante las catástrofes. Sin embargo, en este último acontecimiento se observó algo mayoritariamente inédito…

 

 

Turbas

 

Casi en todas las zonas afectadas por el terremoto se observaron turbas multitudinarias que arrasaron con los supermercados, inicialmente, y luego con todos los centros de abastecimiento de cualquier tipo (panaderías, carnicerías, bencineras, etc.), pero también con locales comerciales de cualquier tipo (electrodomésticos, tiendas de artículos electrónicos, etc.). Las turbas estaban formadas principalmente por personas pertenecientes a los sectores marginales (aunque también se observaron casos de personas que llenaron sus automóviles nuevos o camionetas 4x4, con insumos robados de las tiendas). La policía no daba abasto, no pudo controlar los primeros días a dichas turbas. La normalidad fue llegando poco a poco con la solicitada intervención militar y los respectivos “toques de queda” en varias ciudades.

 

 

Identidad marginal

 

Qué fue lo que aquí ocurrió, cómo podemos interpretar estos hechos. Desde mi perspectiva, que asumo como parcial, me atrevo a compartir algunas reflexiones al respecto.

 

En la identidad nacional, ya desde Lautaro (el mapuche que engañó y mató  a su protector e instructor, el conquistador español Pedro de Valdivia), pasando por el legendario Pedro Urdemales (con sus tretas ingeniosas que le permitían obtener recursos de los demás), en especial en los mayoritarios sectores económicamente marginados, y particularmente en el mundo delictivo, se ha ido gestando la imagen de identidad personal y grupal de “el vivo”[2], que corresponde a aquella persona que no es “gil”, o tonto, ingenuo, lento, sino que aprovecha todas las oportunidades que se le presentan para buscar su propio beneficio, aún a costa del mal de los demás.

 

Interesante es el hecho que la palabra que se emplee para esta imagen de identidad sea “vivo”, pues la liga a alguien que vive, o más bien que sobrevive, alguien que logra mantenerse vivo en un medio adverso, alguien que no es inerte, sino que se mueve, es dúctil, flexible y se acomoda a la realidad sacando lo mejor de ella para su beneficio, para su sobrevivencia.

 

 

Economía de Libre Mercado y Turbas en el caos

 

En estos días de caos, habiéndolo vivido en el gran Concepción, pude ver a dichas turbas y me quedó grabado un rostro, que lo sentí como rostro representativo de cientos de ciudadanos que, sin ser delincuentes, realizaron conductas delictivas (impunemente) después del terremoto y maremoto. Era un hombre de edad media que llevada tres grandes botellas de aceite en sus manos (muy probablemente robadas), me miró y sonrió… en esa sonrisa yo vi a un niño, tal como se le ve en una fiesta de cumpleaños, específicamente el cumpleañero, una sonrisa de satisfacción, de alegría por tener, por poseer un bien, nuevo, deseado, gratis.

 

Ha mi parecer en este fenómeno social de las turbas arrasadoras se han conjugado dos elementos importantes, la identidad marginal chilena de ser “vivo” (como lo mencioné recién) y el modelo de libre mercado o mercado totalitario[3] imperante, que margina a la gran mayoría de la población.

 

Lo que en estos días se ha podido observar es, simplemente, a personas que han aprovechado la oportunidad de conseguir de modo gratuito, por medios ilegales (con impunidad establecida por el caos social) muchos de los bienes que están a disposición de aquellos que pertenecen a las clases acomodadas. Cada fin de semana las mayorías marginadas ven a los otros llenando sus carros de supermercado a su libre antojo; los ven llevar los aparatos tecnológicos que requieren y aún mucho más de los bienes de consumo que necesitan… en cambio ellos, la mayoría marginada, sólo puede adquirir lo indispensable (o incluso menos), y/o algún bien suntuario, pero por medio de esclavizantes créditos.

 

Los valores del sistema económico-social imperante son los mismos en la turba que en el consumidor de la clase acomodada que realiza sus compras libre y ordenadamente cada fin de semana, y son los valores morales que sustentan el sistema Neoliberal: individualismo y consumismo-hedonismo. No hay ninguna diferencia, pues en ambos casos se ocupan las posibilidades del sistema (legales e ilegales, respectivamente) para suplir las necesidades personales en base a dichos valores.

 

Los “vivos” de las clases marginadas son vistos como delincuentes infames, hordas, lumpen, pero los “vivos” consumidores honrados que viven obteniendo recursos desmedidos, en comparación a los miserables e injustos ingresos de las mayorías (recordando que Chile ocupa el lugar 12 de 134,  a nivel mundial, de los paises con peor distribución de ingresos familiares, de acuerdo coeficiente de Gini) , a pesar de tener idénticos valores egoístas (que se manifiestan obviamente de modos sub-culturalmente distintos) y de tener asumida una identidad también común (“vivos”, a su manera) como personas que aprovechan todas las oportunidades para su propio beneficio, aunque esto implique el mal de los otros; son vistos, en la representación social, como grupos absolutamente distintos, casi como binomio de opuesto, sin serlo en absoluto.

 

 

Resiliencia Prosocial

 

Sólo me queda por mencionar una inquietud, desde el estudio de la resiliencia y la espiritualidad en sus dinámicas relaciones. Quisiera animar a todos los que son convocados por estos temas a desarrollar el concepto de Resiliencia Prosocial, pues de lo contrario estaremos fomentando una concepción de la resiliencia que se acopla al sistema económico imperante y marginante, estimulando una adaptación (siendo “vivo-resiliente”) que necesariamente implica el asumir los valores no-sociales del individualismo y el consumismo-hedonista, de tal modo que será difícil no sentirnos trabajando a favor de un conjunto de capacidades que permiten que las personas salgan adelante de lo adverso, pero sólo para sobrevivir en el sistema, sin buscar su modificación en lo más mínimo, sin resistirlo y solamente pudiendo ser “exitosos” si se siguen, de modo socialmente aceptado en lo posible, sus torcidas reglas y valores. 

 

 

Luis Cruz Villalobos

Concepción, Chile



 

[1] Palabras de mujer pobladora de una de las zonas más afectada por el terremoto del 27 de febrero del 2010, en Chile.

[2] Ver Cooper, D. (1994). Delincuencia común en Chile. Santiago de Chile: LOM; Cooper, D. (2005).  Delincuencia y Desviación Juvenil. Santiago de Chile: LOM.

[3] Ver Cruz-Villalobos, L. (2010). Deconstrucción del Panágora: La subversión ética de Jesús a la economía global. Santiago de Chile: Ediciones Digitales CIRES. En línea: <http://cires.webs.com/materiales.htm>

 

 

 

 

 


 

Hojas de Higuera 01-12/2009

 

 

CANTOS RESILIÓGENOS

Escampe musical desde lo adverso

 

 

“Aunque la higuera no florezca

Ni en las vides haya fruto,

Aunque falte el producto del olivo

Y los labrados no den mantenimiento…

Con todo, yo me alegraré en el Señor

Con todo, yo me gozaré en el Dios

De mi salvación”[1].

 

Acabo de reproducir de memoria los versos anteriores. Palabras del profeta Habacuc, escritas varios siglos antes del inicio de nuestra era. Los aprendí cuando niño. Son un cántico que acostumbrábamos cantar en reuniones de oración que hacíamos en casas de amigos. No lo he olvidado, incluso aún lo entonamos en ocasiones. De hecho, se lo dediqué a mi hija, Sofía, para que lo guardara en su corazón como un cántico de ella… que espero no tenga que ocupar tantas veces.

 

Hoy iniciamos nuestras breves reflexiones en torno a la resiliencia y la espiritualidad, estas Hojas de Higuera, con una pequeña meditación sobre lo que implican los cantos para el desarrollo de este maravilloso conjunto de recursos de escampe vital que es la resiliencia.

 

Cantos por doquier

 

En las antiguas plantaciones de algodón de Norte América; en la clandestinidad, bajo regímenes violentos y autoritarios; en los pabellones de las hacinadas cárceles infernales de nuestra América Latina;  en las callejuelas de turbias ciudades portuarias… se han escuchado cantos, cantos resiliógenos, cantos que han mantenido la vida como frágil planta en medio del huracán, como sutil gesto de vida en medio de la muerte, como leve belleza en medio de la miseria.

 

Negro spirituals, en las bellísimas voces de los fornidos trabajadores esclavizados; cantos nuevos al son de las ágiles guitarras de los trovadores entonando subversión; himnos de fe y esperanza que elevan el corazón más allá de las celdas e, incluso, más allá del sol; melodías juguetonas en la boca de los niños y niñas de la calle… En fin, ¿las has oído? La tierra ha estado llena de canciones que han permitido a los hombres y mujeres, de distintos tiempos y lugares, sobreponerse al sufrimiento, es decir, al dolor percibido, interpretado, permitiendo exteriorizarlo y domarlo[2], encaminándolo hacia la creatividad, hacia la belleza, la bondad, la verdad.

 

Canto de escampe

 

El canto, tan ligado a los rincones menos sistemáticos y racionales de nuestras circunvoluciones, tan unido a nuestras emociones y recuerdos, allí en los lugares límbicos, es un instrumento de redención[3], de liberación costosa. Pues, por medio de la expresión del dolor, sea en términos de contenidos musicalizados, o bien, como expresión análoga solamente musical, el cantor se transforma en protagonista, vence la victimización, termina con la agresión haciéndose, en parte al menos, poseedor de su historia, de sus padecimientos, que aunque pueden continuar incluso, no pueden acallar al sufriente que, en primer lugar, es viviente. Y la vida es sumamente obstinada.

 

Entonar un canto que expresa o simboliza las causas, los hechos y/o las consecuencias del sufrimiento, es encarcelarlo entre barrotes (los del pentagrama) y liberar al cantor o cantora, quien asume ahora el control, invirtiendo los papeles. Y entonar un canto de esperanza, es aún más que todo esto.

 

Habacuc

 

El profeta termina el texto citado al inicio, diciendo: “… porque el Señor me da fuerzas; da a mis piernas la ligereza del ciervo y me lleva a alturas donde estoy a salvo”[4].

 

Es difícil entender a Habacuc, cómo es posible que cante algo tan aparentemente inverosímil, un canto que comienza diciendo que aunque todo esté mal, muy mal, aunque nada resulte, aunque todo sea un rotundo fracaso, él se mantendrá alegre en medio de lo adverso… Podemos pensar que es simple sugestión, opio de un pueblo desolado, pero sin embargo, nos resulta muy cercano, muy propio, muy humano, el entonar canciones de esperanza, que lancen nuestro corazón allá lejos, más allá de lo que logramos ver, no a una utopía, sino a un sitio ciertísimo del que no nos cabe la menor duda (pues en eso consiste la fe) que nos espera. Por lo demás, quienes lo hacen así, suelen llegar allí efectivamente, pues llegas allí donde lanzas tu corazón.

 

Habacuc nos enseña un canto de esperanza, con el axioma (matemáticamente hablando) de que hay alguien, real, personal, que está allí, detrás de las circunstancias terribles y que está listo y dispuesto a socorrernos en el momento preciso, que puede no coincidir con el momento deseado.

 

Luis Cruz Villalobos

Santiago de Chile



[1] Habacuc 3:17-18

[2] Cf. Cyrulnik, B. (2001). La Maravilla de Dolor: El sentido de la resiliencia. Barcelona: Granica, pp. 67, 86.

[3] En su antiguo uso, de liberación de un cautivo por medio de un precio, algo así como pagar el rescate de un rehén.

[4] Habacuc 3:19. La Biblia. Dios habla hoy. Sociedades Bíblicas Unidas.